En el tiempo en el que indiscretamente decido evadirme de la arremolinada labor, me encuentro iluminado por mi pensamiento y sumido en él de tal manera que, vegatativo para la realidad, no puedo hacer otra cosa que buscar la salida de mi propio laberinto, cuyos muros se alzan con el esfuerzo natural de los tejemanejes dell etéreo entorno que ahora me envuelven. Las ideas han declarado su propia guerra, con rifles cargados de quién sabe qué, pues esa es su naturaleza, se destruyen unas a otras, envidiosas y llenas de una extraña rabia que les hace luchar por su supervivencia en tiempos recónditos. Mientras tanto, en la retaguardia, quedaré como mero observador, con banderas blancas y sustancias esquivas, repartiendo mi juicio incondicional que, aunque paradógico, está condicionado por la inherente decisión del omnisciente destino...
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