Vas caminando al anochecer y ves como las farolas van encendiéndose poco a poco, como unos jóvenes sentados en el escalón de cualquier portal se tornan en rios de carcajadas y gritos al embriagarse; como un viento frío acaricia los cielos y de ellos se precipitan las gotas condensadas; como los semáforos dan permiso a los múltiples cacharros rodantes para que sigan su trayectoria; como tus oidos se inundan de música tras la chispa de una pequeña pila; y como todo lo que te rodea cambia constantemente, ya sea su posición, sus características, nada está a salvo de su influencia.
Tu situación cambia, te desplazas, no tienes ningún rumbo fijo, has salido a dejar que tus pasos te lleven pero ellos están llevados por tu mente. Tu mente, supuestamente, azarosa los guía, pero ella no sabe que está confusa. Aquella avenida te parece apropiada para que tu cuerpo la discurra y tú no pones resistencia. Llegas a un punto en el que no sabes si te estás encontrando o te estás perdiendo aún más, y entonces, caes en la cuenta de que tu pensamiento se encuentra anulado, secuestrado en una prisión mental, confinado y no hay guardián que custodie una hipotética llave.
En ese momento comienzas a buscar algo, no sabes si lo que necesitas es una cosa, una acción, una actitud, un comportamiento o una persona, que actúe como tal y sea capaz de descomponer los barrotes helados que aislan la clave encerrada en tu cabeza. Y de manera casi espontánea, tu realidad te lo brinda, te encauza, tu pensamiento es libre, tu visión es nítida y te encuentras a ti mismo, y entonces, has sido víctima del catalizador.
Hay algo que no he entendido muy bien. ¿La catálisis se produce para crearte una sensación falsa de encuentro con uno mismo, el haberte sentido perdido ha sido fruto de la catálisis, o esa catálisis te ha provocado un pequeño crecimiento como persona? o ¿solo se hace referencia a un cambio sin ninguna otra pretensión?.
ResponderEliminarEs que creo que me he montado una historia un tanto paranoica a raiz de ese escrito... jajaja