Siempre está ahí, siempre tiene que recordarme su existencia. Actúas a sabiendas de que su presencia es inalterable, confías en que te deje pasar por alto tu última y errónea conceptualización de la situación, predices lo que puede ocurrir con todo el miedo que ello implica, desprecias al miedo y piensas que no lo vas a sentir, pero lo acabas sintiendo. Crees que un acto que yace en ti no va a afectar a tu realidad, que sólo es algo anecdótico, que lo vas a olvidar, pero no, te envenena y te condiciona, ves como muere y te sientes mal, piensas que no puedes actuar, es el castigo a uno mismo lo que te paraliza, no el miedo, éste, aparece después. Todo está lleno de matices, por culpa de las creencias condicionamos nuestra mente, hacemos que se doblegue a lo que podría ocurrir y ya, cuando todo llega a su fin, te das cuenta de que tu maldita creencia te ha conducido hasta allí y no la verdadera existencia de tal cosa en la realidad. Pues bien, si algo que se asume como propio para actuar en pos del bien te lleva a la destrucción, puede que sea el momento de cambiar de rumbo, puede que sea el momento de que una filosofía madure.
Ahora se instaura el desconcierto, el miedo, las sensaciones extrañas, continuas preguntas. ¿Por qué no me puedo sentir pleno con la misma facilidad que antes? ¿Por qué siento que el vacío me llena más que la abundancia? ¿Por qué el fuego enfría y la melodía ensordece? ¿Por qué siento que me he alejado de lo universal? El tiempo retoma su rumbo, las horas vuelven a avanzar con la misma fiereza que siempre, arañando al recuerdo, golpeando a la consciencia, enturbiando lo que antes era bello y dejando atrás lo que no hubo de quedarse allá.
Percibes que el silencio será suficiente y te das cuenta de que ni él puede acompañarte, ¿hay algo menos que pueda pedir? No puedo volver a ver las cosas como lo eran antes de este desvío, este desvío me ha llevado muy lejos de allí.
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