Y allí estaba ella, de pie, apoyada en el lavabo frente al perplejo e inerte cristal, delineándose los límites oculares, a la par que luchaba contra la nublada visión que obtenía a causa de la condensación de los fluidos ambientales. Primero el izquierdo, después el derecho. Poco a poco señalizaba el sendero hacia su profunda e intrínseca visión. Tiñó de su más preciada pasión los labios, y pensaba en su hermosa cabellera, parecía que estaba en blanco, pero ella sabía exactamente lo que quería, agarró por el mango el ardiente utensilio que daría el diseño exterior que ella buscaba para sus largas y mordidas fibras, y se dispuso a atraparlas poco a poco. “Estoy pálida”, pensaba la pobre ingenua mientras repartía los tenues pigmentos. Ahora, la elección del surtido textil le aguardaba, y ella no lo hizo esperar. Era elegante, sensual y sedoso. Solo quedaba una cosa más por hacer, acoger su posición horizontal preferida, pues mañana sería otro día.
Parpadeó un instante, y un flash lo colocó dentro de su campo de visión. Él tan perfecto como siempre, no cabía duda de su exactitud, parecía que se tratase de una creación por encima de lo divino, por encima de lo real. Se cruzaron ambas miradas como atraídos mutuamente y forzosamente por una extraña gravedad tan poderosa en un astro, como en el otro, y en medio de la nada, un hilo de tejido incandescente las ataba y entrelazaba, entrando por una pupila y saliendo por otra. Parecía escueta la distancia entre ambos, pero a medida que se acercaban, el espacio existente permanecía inmutable. De pronto él desapareció.
Se dispuso a coger el tren de cercanías para dirigirse a cumplir su responsabilidad como ente dentro de la sociedad, encarcelada se sentía ella, pero no podía hacer nada más para sobrevivir. De nuevo ante sus ojos, aquel ser de otro universo, muy diferente al nuestro, que se acercaba sigilosamente a ritmo de la música que ella desprendía. Cuando hubo estado cerca de darle la mano, el latido de su corazón estalló en un armonioso eco, que chocaba contra todas las paredes de su entorno y volvía embistiendo contra la incertidumbre de su condición de desconocido. Apenas rozo una micra de la piel de su tersa y brava palma con la de ella, cuando su figura volvió a desvanecerse, mientras las gotas de la lluvia caían guiadas por otro tipo de gravedad, cristal abajo. El rostro femenino que reflejaba el cristal parecía sombrío, más oscuro de lo normal en un día como aquel, donde las uniformes nubes cubrían como un escudo toda su cima, pues no conseguía comprender el extraño suceso que acababa de acontecer.
Aquella noche, la chica recibió una llamada que no puedo rechazar, una cita, y volvió a embutir su cuerpo con sus mejores galas, capaces de ser descritas por los adjetivos más endiabladamente bellos. Se encontraba en el infierno, no había música alguna, tan sólo el vociferio de grandes masas de jóvenes embriagados por su propia situación. Ella decidió tomar partida y convertirse en un pequeño grito más dentro de aquella asquerosa colmena, pues el zumbido era devastadoramente molesto para el que pasara por allí. Pidió que le sirvieran su dosis personal, y la recibió de buen grado, pero al ver que su cita se retrasaba no tuvo más remedio que necesitar otra más, y otra, y otra, y de pronto, se encontró en la necesidad vital de escapar de aquel antro infernal. Tomar el aire no era suficiente, tuvo que escapar intentando evadir todo lo que le impedía llegar a la salida, una vez allí, solo tuvo que empujar. El viento corría osado aquella fría noche e hizo que su pelo temblara intimidado por su silbido. Se sentía cansada, sus piernas se tambaleaban y se dejo caer en el portal de una antigua casa, en apariencia, abandonada.
De pronto, sus cuerpos se encontraban desnudos, se les veía con furia, pero a la vez con ternura, con una extrema lujuria, pero reservados. Sus cuerpos se fusionaron creando el más bello de los astros, fraguado en la más profunda pasión, golpe a golpe de caricias, de besos con locura, de respiración extasiada, de fluidos que salían por doquier y todo ello, producto del esfuerzo de la creación de un nuevo universo, el más perfecto de todos.
El sol entraba por la ventana, era un nuevo día, el nuevo día del resto de sus vidas en aquel universo tan armonioso que habían creado, pero él ya no estaba, pues su tiempo con ella se había agotado. Ella lo continuó buscando cada noche, cada viaje en el tren de cercanías, en cada reflejo de cualquier superficie, cada vez que se embriagaba desmesuradamente hasta perder el conocimiento; pero él nunca volvió, pues fue atrapado en los albores de la creación.